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LAS 20 MEJORES PELÍCULAS DE LA DÉCADA Y POR QUÉ (1)

PERSPECTIVA GENERAL DE UNA DÉCADA

Bueno, ya estamos bien entrados en la nueva década. O no, según algunas teorías. Me da igual, en esta entrada me dispongo a hablar sobre cuales han sido para mí las mejores películas del período de tiempo que va del año 2000, incluído, al 2010, también incluído.

Después de la aclaración, quizá convendría hacer un boceto general sobre las corrientes y las modas y movimientos característicos de esta década. Observando el panorama desde una perspectiva espacial, Asia se configura como la única latitud dónde se ha seguido desarrollando e innovando el lenguaje cinematográfico, que engloba formas de contar y provocar sensaciones y sentimientos que en occidente se han encontrado con una barrera caracterizada por la repetición y la escasez de contenidos nuevos y originales.

La última década ofrece un bagaje particularmente pobre en EEUU. Los únicos retazos de cine de calidad se manifiestan en notorias excepciones, algunas películas magníficas casi siempre de directores ya consagrados. “Mulholland Drive”, la película ascendida a los cielos por crítica y aficionados, es ciertamente una obra lindante con la perfección, que nunca será suficientemente alabada y que se encuentra entre las mejores películas de David Lynch. Otra ejemplar muestra del antiguo poderío narrativo americano es “Zodiac”, la cima de David Fincher, director en estado de gracia a la hora de dirigir esta película, por cuanto no ha demostrado esa visión en ningún otro de sus films. Terrence Mallick (un Víctor Erice con la suerte de haber nacido en un mercado como el de  EEUU), sintomático ejemplo de la dificultad para hacer cine de los directores más personales y más apartados de cualquier corriente, ha vuelto a encandilar con su única película de la década: “El nuevo mundo”. El último cineasta clásico vivo, citando la abstracta definición que los amantes de las etiquetas han otorgado a Clint Eastwood, ha seguido manteniendo su standard de calidad, continuando el método que ya le diera buenos resultados en los años 80: alternar encargos con obras propias, a pesar de haber sido sobrevalorado a veces, en ambos casos, tanto por crítica como por público.

Pero si hay que elegir un cineasta que haya destacado por encima de todos, ese es, sin duda, Gus Van Sant. Su grupo de películas compuesto por “Gerry”, “Elephant”, “Last days” y “Paranoid Park”, pueden considerarse una tetralogía espiritual en la que el cineasta ha experimentado con la narración, con los tempos, la descripción de personajes, el sonido y la música, el montaje… En definitiva, ha conjugado los elementos cinematográficos para crear un discurso tan propio e identificable como diferente a lo que lo rodea. Basado en tiempos muertos, planos largos, silencios, contrapuntos tanto narrativos como visuales, sustitución de la causa por el efecto,  de la explicación por la intuición y de la opinión por la enunciación, ha aplicado formas asiáticas a temáticas genuinamente americanas.

Sin embargo, las grandes películas americanas de la década sobresalen de una masa gelatinosa como cumbres aisladas dignas de ser escaladas. Son películas que destacan demasiado en su soledad sobre un conjunto difuminado y confuso, compuesto por productos lanzados en masa para ser deglutidos por las hordas de espectadores con prisa, como ayuda para tragar sus palomitas tamaño gigante.

Por lo tanto, dejando en grupo aparte ese puñado de films comprometidos con el hecho de hacer cine y no juguetes, nos encontramos con que la estrategia principal del cine comercial americano ha sido la de realizar siempre la misma película simplemente cambiando el referente. Aprovechando la base de otras películas, series de la infancia, cómics, juguetes o personajes literarios, Hollywood ha solucionado la falta de ideas o de esfuerzo llenando una y otra vez el mismo molde para ofrecer la misma forma hueca, limitándose a cambiar los nombres dependiendo del envoltorio. Lo mismo les da Sherlock Holmes que Van Helsing, el Equipo A o Los Angeles de Charlie, los G.I. Joe o Transformers, eso sólo son nombres famosos, reclamos para distinguir los distintos productos fabricados por la misma cadena de montaje. Si pusiésemos a Sherlock Holmes a liderar el equipo A solo desentonaría por el vestuario. Los personajes son exactamente iguales, todos hacen los mismos chistes, disparan de la misma forma, las escenas de acción son tan intercambiables como los estilos de los responsables de las películas, que no son más que circos con más pistas que números con que llenarlas. Es una forma de hacer cine tan impersonal que incluso destruye rasgos estilísticos y contradice expectativas. Vemos esto en el caso de Guy Ritchie con la ¿adaptación? del detective victoriano, en la que no queda ni rastro de su característico (y exhibicionista y vacuo) estilo, o con los ejemplos de Florian Henckel von Donnersmack (como pasar de “La vida de los otros” a “The tourist” en un solo paso), Alex Proyas, etc.

Rebuscando más y más en el pozo del pasado, la industria de Hollywood ya no se limita a sacar el mineral de las capas más profundas, sino que, apremiados por la urgencia de un franético ritmo mercantil impuesto por ellos mismos, recurren a las vetas más superficiales y recientes, adscribiéndose vergozosamente al dicho de que si algo funciona, ¿para qué cambiarlo? Así, la última moda consiste en exprimir franquicias o reescribir sagas que no han hecho más que terminar. Los X-men ya tienen nueva entrega con distinto equipo, al igual que Spiderman.

Esto nos lleva a uno de los directores consagrados (endiosados) en esta década, Christopher Nolan, que se dedicó a pergeñar blockbusters para “listos”, en los que la reducción de las escenas de acción exageradas, la eliminación del sentido del humor paródico y la introducción de tramas supuestamente complejas que realmente gravitan sobre el vacío, le ha servido para diferenciarse del magma comercialoide y así convencer a unos espectadores tan poco acostumbrados a pensar que confunden lo simple con lo complejo y lo complejo con lo profundo. Nolan sólo ha tenido que escribir unos guiones pedantes, mantener a sus actores todo el tiempo con el ceño fruncido y adquirir una estética deudora de todo y de nada para encandilar a un público tan conformista como poco inquieto, que se contenta con abrazar al camión que les atropella por el carril más ancho de la autopista más directa. Nolan ha creado la versión sesuda de la corriente “la más grande película de…” . Así, con el beneplácito de gran parte de la crítica y el público, Nolan ha construído sus huecos monumentos al género de superhéroes y de ciencia ficción. Porque eso es lo que Hollywood se ha limitado a ofrecer a sus consumidores en cada nuevo producto, lo más grande, lo más ruidoso, lo más caro, siempre lo más. Lo más dentro de su propio rasero de medidas, cuidando de no plantearse unos límites que les resulten difíciles de superar. Un más difícil todavía evaluado por los mismos que lo afrontan. Al fin y al cabo, es una superación medida en dólares, no en talento u originalidad. El número de explosiones, efectos digitales y escenas de acción mal rodadas es inversamente proporcional a la pericia narrativa, a la originalidad estilística, al desarrollo de personajes y, al fin y al cabo, a la emoción.

En esta crisis de la narrativa USA sin precedentes, la industria se ha volcado en innovar desde el punto de vista de la forma, apostando por desempolvar el 3D. Avatar se erige como la más rutilante demostración de los avances en este campo. Como ya sucediese en la década de los 50 con el mismo sistema y en los 60 con el cinemascope, intentos ambos de combatir el éxito que tenía la televisión sobre el público cinematográfico, ahora se recicla una técnica que encaja a la perfección en el más difícil todavía tan grato a los gustos americanos. Pero con esto seguimos en lo mismo, el cambio se limita a una sensación física, que ni siquiera visual (la tridimensionalidad existe desde los orígenes de la pintura), descuidando el objetivo principal, que es nada más y nada menos que realizar una buena película. Y eso no tiene nada que ver con el 3D. El 3D puede funcionar muy bien, pero si los personajes son tan planos como los de cualquier producción de Michael Bay, y la historia tan manida y sobada que da vergüenza siquiera hablar de otra cosa que no sea el 3D, el uso de este sistema no esta aportando más que una atracción para llevar al público a los cines. El 3D, como el sonido, las interpretaciones, la dirección artística o el maquillaje, no es más que otro elemento de los que componen una película. Para darme a entender, las películas de Peter Greenaway tienen una buena fotografía, pero no por eso son menos pedantes y más fáciles de soportar. Por lo tanto, me parece desmesurado cargar todo el peso de una película sobre un único elemento de la misma. Claro que como estrategia para atraer al público al cine ha resultado de lo más efectivo.

Otro fenómeno que no podemos pasar por alto es el descomunal éxito que han experimentado las series. Quizá porque EEUU no ofrecía calidad suficiente en el cine que ha venido realizando ultimamente, el público mundial, en vez de mirar hacia otras cinematografías (lo cual es comprensible ya que son cinematografías inexistentes por cuanto que no llegan más que en goteo cada vez más esporádico), ha preferido dar la bienvenida a otro producto proviniente del mismo país y que perpetúa la misma forma de contar historias, solo que, según muchos, de mejor manera. Así, se ha empezado a comparar el formato serie con el cine, siempre en detrimento de este último. El comentario de moda sobre este tema es el siguiente: “los mejores guionistas están en la televisión”. No puedo estar más en desacuerdo con esta afirmación, pues para nada veo consecuente esa comparación. Veo más diferencias que similitudes entre un guión de cine y el de una serie. En estos últimos no es necesaria la capacidad de síntesis, de elipsis, de retrato rápido de los personajes, ya que los guionistas se pueden tomar su tiempo a lo largo de las temporadas por las que se extiende la narración seriada. Un guión de una serie y el de una película no pueden ser comparados, igual como tampoco puede compararse bajo los mismos criterios la calidad formal de ambos ámbitos, debido a diferencias económicas, de procedimientos y de tiempos de rodaje. Ni mucho menos las series han eclipsado a las formas cinematográficas, y ni las mejores de ellas llegan a los niveles de sutileza y elegancia (narrativa o formal) de las mejores películas. Por supuesto las mejores series serán preferibles a “Transformers” y sucedáneos, pero creo que esta no es una comparación lícita, sino más bien superficial y demasiado abstracta y difusa como para ser tenida en cuenta. El caso es que las series son series y las películas películas, y sobre la mesa están ambos formatos para ser elegidos a placer y disfrutadas por separado. Las series siempre han tenido éxito, la novedad es el notorio incremento de calidad y cantidad que han experimentado, así como la proliferación de formatos y temáticas, que en anteriores décadas eran más limitados. Ese aumento de calidad, unido a la mayor facilidad de acceso que da internet, y a la comodidad que ofrece a los espectadores un lenguaje más rápido y breve, más cómodo y asumible cuando uno llega a casa después de una jornada de trabajo, quizá sean los motivos para la explosión de este formato.

¿Y Europa? ¿Qué ha pasado en Europa? No puedo extenderme mucho a este respecto, ya que mi conocimiento del cine europeo en esta década ha sido tan escaso como el interés que me ha suscitado. Mi impresión, no obstante, es que la producción cinematográfica en nuestro continente ha estado más bien desdibujada. Cómo ha ocurrido en EEUU, sólo podríamos destacar una serie de películas de mayor interés, ya de cineastas nuevos o consagrados (Haneke, Polanski, Eric Rohmer, Jaques Audiard…) Pero, por lo general, las industrias cinematográficas de los países europeos han estado perdidas en un maremágnum de subvenciones, coproducciones, decrepitud y falta de una visión más amplia o modernizada.

Esta década ha supuesto también el definitivo surgimiento de internet como mercado alternativo para escapar del monopolio mainstream. Pero, justo en uno de los momentos en que internet ofrecía más posibilidades para investigar y satisfacer inquietudes, las grandes producciones se apresuraron a copar esos canales para difundir los productos que ya llegan (y siempre lo han hecho) de las formas más tradicionales. Internet no es solo un medio de difusión aprovechable por quienes no tienen oportunidad de dar a conocer su trabajo de otra manera, sino que se ha convertido en el mayor medio publicitario para todo tipo de producto e industria. Como antes se decía: lo que no sale en televisión no existe; ahora simplemente hay que sustituir “televisión” por “internet”. El hecho de que “Avatar” haya sido la película más taquillera al tiempo que la más descargada no hace más que demostrar que la publicidad a escala industrial influye tanto a la hora de ir al cine como de elegir las descargas. Desde mi punto de vista, vería más razonable e interesante que los primeros puestos en descarga los ocupasen películas que hubiesen tenido menos salida comercial. ¿Quizá el maremágnum de posibilidades ha empujado al consumidor a rendirse de nuevo a la ola más fácil de tomar? ¿O puede que la rapidez a la hora de satisfacer necesidades haya desembocado en una seguridad o comodidad dentro de lo conocido? La respuesta más plausible es que siguen siendo los mismos, los que tienen mayor capacidad económica, quienes se dedican a catalizar y dirigir inquietudes. Entonces, ¿la curiosidad intelectual o lúdica se basa principalmente en los patrones marcados?

Es cierto que, gracias a internet, los ojos de muchos cinéfilos han conseguido abarcar mayor territorio y enfocarse en otras filmografías. A los que sólo hemos visto en el cine americano una repetición de los mismos errores nos ha valido con girar la cabeza hacia el este para sonreir de oreja a oreja. Con investigar mínimamente en la producción cinematográfica de países como Japón, Corea o China, uno se da cuenta de que allí se cuecen manjares de los que a occidente apenas llegan las migajas. Por supuesto, muchas de estas películas se diferencian en su forma y estilo de las producciones que suelen llegar a nuestros cines, el error es establecer la comparación partiendo de “lo nuestro” (aunque es más bien “lo americano”). Lamentablemente, la diferenciación está demasiado arraigada debido a las formas y modos mercantiles que venimos sufriendo desde hace décadas, en que el producto americano es el modelo que manda en el mercado, el rasero con el que medir y comparar todo lo demás, considerándose los escasos ejemplos que nos llegan de otras filmografías como curiosos productos exóticos a los que se mira con condescendencia, dedicándoles frases del tipo: “Para ser coreana no está mal” “… si hasta parece americana” “Como es japonesa, es un poco lenta, pero me gustó”. Visto así, yo podría decir: “Como es americana, es un poco rápida, pero es distraída”.

En los últimos años, gracias a un colectivo orientalófilo compuesto por los desprestigiados frikis (ayudados a veces por la crítica más sesuda, con su mitificación de los sectores autorales del cine tailandés, chino o filipino), hemos podido acceder a gran parte de estas cinematografías ignotas.  Internet ha demostrado ser el mejor medio de homogeneizar el conocimiento de esas cinematografías, estableciendo una concepción del cine más cercana al conjunto de películas independientes entre sí que a grupos englobados en filmografías, estilos o movimientos. Por desgracia, habrá que esperar a que se normalicen todos los problemas derivados de los derechos de autor para asistir a la evolución de esta tendencia.

Sin más, me dispongo a desentrañar los secretos de mi lista, en la que hay tantos títulos asiáticos que me servirán para extenderme un poco más sobre la situación cinematográfica en esos paises.

Exceptuando la primera posición, la lista no tiene orden de ningún tipo, más allá del orden en que inconscientemente me hayan ido llegando los títulos a la cabeza.

Próxima entrega: EUREKA (Shinji Aoyama)

LOS MERCENARIOS

 

http://www.imdb.com/title/tt1320253/

EXT. DÍA/NOCHE. ISLA SUDAMERICANA.

Tres blancos, un negro y un chino se cuelan en una isla y la revientan. Chocan puños.

FIN

No, esto no es la sinopsis de la nueva película de Sylvester Stallone. Es el guión. Pero esto es lo de menos, nadie esperaba mayor elaboración argumental en una película cuyo principal gancho a priori era de cariz meramente nostálgico y totalmente pulp.

La gracia era echarnos unas risas recordando el espíritu más garrulo de las películas de acción de los 80, que contaba con ejemplos ilustres como “Terminator”, “Comando”, “Kickboxer”,  “Perseguido”,”Acorralado”, “Rambo II”, “Delta Force”, “Depredador”, “Cobra”, enumerando lo mejor y lo peor del genero; que cada uno decida a que categoría corresponde cada una.

La tendencia revisionista se intuía en el intento de fichar para el elenco protagonista a todos los representantes de este cine de hostia limpia y camiseta sucia (y sudada) que tan buenos ratos hizo pasar a nuestras versiones adolescentes. Por lo visto, Stallone contactó con todos y cada uno de estos machotes hormonados, sin olvidar a alguna hembra de armas tomar, y sin limitarse a los años 80, sino tirando también de la dubitativa continuación de esa década, o sea, los 90, que también cuenta con esforzados repartegalletas.

Hagamos la cuenta de los que están y de los que pudieron pero no quisieron sumarse al homenaje. Stallone, obviamente, aceptó su propia oferta; Jet Li también, con lo cual ya estaba cubierto el papel del chino karateka; Dolph Lundgren (He-man para Courtney Cox) también aceptó; Eric Roberts, que siempre parece recien salido de un anuncio de colonia, tampoco quiso perderse la fiesta; y a ellos se sumó el calvo de moda del cine de acción (no, Vin Diesel está rapado), Jason Stathan.  A Mickey Rourke, si bien también interpretó papeles de duro en películas de acción, lo considero fuera de este grupo, por tratarse de un actor mucho más versatil y polifacético.
Entre los que echaréis de menos en la película están Jean-Claude Van Damme, que rechazó la oferta y Steven Seagal, que tendría miedo de enfrentarse a las superiores dotes interpretativas de Lungren (demostradas sobradamente en su papel de “el malo” de “Rocky IV”). ¿Y Chuck Norris? A este ni siquiera le llamó Stallone, seguro que temeroso de ser decapitado por una patada voladora perdida.
A los ya mencionados iconos (por lo vejetes y lo  forrados de oro que están) se suman los tales Couture y Austin, que no tengo ni zorra de quienes son ni de donde salen. Mirad en IMDB si queréis, que a mi me da pereza.
En cuanto a las chicas, me consta que el potro italiano tentó a Sandra Bullock, a la que ya tentó (¿lo pilláis?) en”Demolition Man”, película de la que me acuerdo cada vez que veo corcho. Solo nos queda mencionar al futuro presidente de los EEUU (citando uno de los pocos chistes minimamente ingeniosos del film) Arnold Schwarzenegger, y a Bruce Willis, que se prestan a un cameo conjunto en una secuencia tan mal rodada que pierde toda la gracia que hubiese podido tener.

Sin embargo, pese a todas estas pistas y reliquias del pasado, que auguraban lo contrario, esta película no desprende ni cariño ni reminiscencias de ese cine ochentero. Lo único que nos queda de aquello es un par de actores y la sombra de una ideología que, por muy discutible que pudiera ser, otorgaba a dichas películas su propio sentido y les daba una dirección.
Ni siquiera encontramos la colección de diálogos chulescos que nos hacían sonreir a los que éramos entonces unos impresionables adolescentes. Es una pena, porque uno se imagina lo que podría haber salido de esto y no puede evitar ver la película como una oportunidad perdida , porque al carecer de ningún tipo de brillo nostálgico ni de descacharrante descaro pulp, la película se queda desprovista de cualquier tipo de virtud. Y no creo que sea por falta de trabajo, sino más bien por falta de talento.

Hay que reconocer que Stallone se esfuerza en cada plano en mantener hinchadas todas las venas de su cuerpo, asi como en poner su sempiterna cara de perrito noble al que no conviene cabrear. Es cierto que, como guionista, intenta dar a cada uno de los mercenarios su protagonismo, dotándoles de una personalidad diferenciada y de unas motivaciones propias, pero claro, con semejante materia prima es difícil elaborar mucho a los personajes.
Así, Stathan hace, como siempre, de malaspulgas chulesco. Jet Li, cuya virtud no radica en las sutilezas interpretativas, poco puede hacer con un personaje vacío de entrada. Lundgren está menos peor que nunca en su papel de traidor redimido. La única interpretación realmente buena de la película la ofrece Mickey Rourke, que cuenta con ese magnífico monólogo frente alespejo,        recogido sin cortes en un primerísimo primer plano en un ramalazo de inspiración de Stallone.

Técnicamente, la película es igualmente mala. En general, está peor rodada que “Cobra”, que ya es decir.  Hay violencia gratuita ,muchas escenas con tiroteos, persecuciones y peleas, pero lamentablemente,todas tienen el estilo actual de rodar acción, es decir, de forma que no se vea nada de lo que está pasando. El clímax final en la isla es un pirotécnico festival de saltos de eje, fallos de raccord, confusión entre buenos y malos y entre disparos, cuchilladas y puñetazos. Dudo que ni siquiera avanzando fotograma a fotograma pudiésemos ver claramente quien sigue vivo o a quien le han reventado ya la parte superior del cuerpo.
De vez en cuando vemos  una sombra que da saltos: Jet Li se mueve muy bien pero la cámara muy mal.

En definitiva, lamentando una vez más lo que pudo ser y no fue, al final nos encontramos con una típica película americana de acción actual. Y encima, de las peores.

NOTA: 3

Cartel no oficial.

CRANK: VENENO EN LA SANGRE

http://www.imdb.com
Hace ya tiempo, estaba en casa de un amigo cuidando de sus gatos. Este amigo tiene una tele panorámica enorme, así que aproveché para ver una película: “Sleepless Town”, una coproducción honkonesa-japonesa con Takeshi Kaneshiro (para el que no lo conozca el protagonista joven de “La casa de las dagas voladoras”). Estaba  pensando en lo mala que me había parecido la película, cuando, al parar el DVD aparecio en la televisión, más concretamente en el canal Cuatro, un horror sin igual, que convertía a la película anterior en El Padrino 1 y 2 juntos (la 3 no porque no me gusta). Por supuesto, tal película (nunca ha sido peor empleado este término) se trataba de “Crank”, subtitulada graciosamente en españa “Veneno en la sangre”.

Y eso es exactamente esta película, un veneno audiovisual que se te mete en la sangre y te la contamina hasta el punto de que te entran ganas de irte a cualquier discoteca maquinera a convertirla en una escena de “Blade”.

Antes de intentar resumir un argumento que ya es un resumen en sí mismo, he de reconocer que cogí la película empezada. Sí, saltó Cuatro y allí estaba Jason Stathan con su cara de “wanna be Bruce Willis” corriendo, brincando y echando espumajos por la boca. Puro Actor’s Studio. Muchos pensaréis en que no es muy profesional criticar una película que no se ha visto entera. Solo os puedo decir que:

1) creedme, ver el comienzo de esta película es tan necesario como ver todo el resto,

y 2) esto es un blog, no me pagan por hacerlo, sino que lo escribo por gusto, así que no me veo en la obligación de sufrir tanto por amor al arte.

El argumento. Jason Stathan interpre… hace de Chev Chelios (sí, a mi también me suena a marca de cereales), un asesino profesional al que unos mafiosos sudamericanos o portorriqueños inyectan un veneno en la sangre no se muy bien porqué. Al mismo tiempo, se echa una novia a la que oculta su verdadero trabajo. Ya sabéis el resto: nuestro aprendiz de Willis buscando el antídoto junto a su novia, mientras intenta sobrevivir a los efectos del veneno de la única manera posible, procurando mantener alto su nivel de adrenalina para impedir que el veneno llegue a su corazón.

Y ya tienen la excusa para convertir la película en un encadenamiento furibundo de escenas precipitadas que pretenden ser ágiles e ingeniosas. Para elevar su nivel de adrenalina, Transporter se ve obligado a hacer locuras continuamente, y estas se utilizan para aportar un sentido del humor que intenta ser alocado y atrevido pero solo es zafio e histérico. Como ejemplo, la secuencia en que el protagonista decide violar a su novia en medio de un concurrido mercado callejero. Al principio, a la chica no le hace mucha gracia y se hace la pudorosa, pero a los pocos empujones del macizo Stathan la pobre mujer cede ante el gran placer que la consume y empieza a gemir y a pedir más, ¡y todo esto con la gente alrededor mirándolos, haciendo fotos y pasándoselo en grande! Lo peor de todo es que después vuelven a recurrir a la misma solución, pero esta vez el polvo lo echan al volante de un coche, en plena persecución, justo antes de que el multidimensional personaje que encarna Jason se cargue a dos de los malos sin que se le baje la erección. Y pretenden que sea gracioso.

Esta película solo te gustará si tu hobby favorito es tunear tu Peugeot 206. Parece que todos los aspectos técnicos (montaje, planificación, interpretación…) tienen el único objetivo de mostrar la vida a través de los ojos de un bacala hasta arriba de tripis. Las secuencias parecen planificadas por un epiléptico después de beberse 1 litro de café, no hay forma de ubicarse. Hay muchas persecuciones y tiroteos, pero cuesta enterarse de quien persigue a quién o que personaje está disparando a qué otro. Llega a haber una secuencia en que los planos están montados de tal manera que parece que Stathan se está disparando a sí mismo.

Qué decir de las interpretaciones. Por supuesto, están al nivel. Todos y cada uno de los actores está sobreactuado, como generosa aportación al despiporre general. Transporter, en su afán de mostrarse expresivo, parece más bien un muñeco de ventrilocuo a punto de ser atravesado por la mano que tiene metida en el culo, tales gestos y aspavientos realiza durante el show. La chica (interpretada por Amy Smart) está buena y ya con eso parece bastar.

Toda la película consiste en un esfuerzo por ser dinámica y kinética (palabras muy de moda en el cine actual), de forma que no decaiga el ritmo; como si existiese un ritmo que mantener. La banda sonora colabora con su chucuchucún-chucuchucún constante.

Lo más cabreante de todo es ese intento del director y guionista por ser cool, para lo cual se saltan todo tipo de normas narrativas y visuales, sacrificadas a favor del efectismo más burdo. La culpa de todo esto la tienen los profetas de la forma vacía tipo Danny Boyle y expertos masturbadores de orgasmo frustrado como Guy Ritchie. Su propuesta es engañar al espectador a cualquier precio, retorciendo la forma para que aquel tenga que esforzarse, de manera que crea que hay algún contenido sobre el que pensar.

El ejemplo perfecto en esta película lo tenemos en la escena previa a la secuencia final, en la que Cheerios hace una pantomima, escenificando una pistola con sus manos, la carga ante la chanza general de todo el grupo de mafiosos frente a los que se encuentra, y luego… la dispara, originando la sorpresa: una bala impacta en la frente del jefe mafioso. Acto seguido se descubre la trampa; vemos que los que han disparado realmente son los mafiosos chinos a los que Jason ha llamado en su ayuda. Es ridículo. Se supone que toda una banda de chinos (de diez a veinte personas armadas) ha subido a la terraza y se ha apostado, sin siquiera molestarse en esconderse, ante las narices de los chicanos (o portorriqueños), sin que ninguno de ellos se de cuenta, excepto nuestro héroe calvo, por supuesto.

El clímax no es más que la unión discordante de planos de gente disparando y gente recibiendo disparos. Los directores (uno no era suficiente para realizar tamaña obra maestra) habrán considerado innecesario planificar el tiroteo, ya que con la diferencia racial entre las bandas todo quedaba claro: un chino dispara, un latino cae; y viceversa.

En la secuencia final, Stathan cae de un helicóptero en plano medio desde varios miles de metros de altura, y mientras el viento mueve sus orejas, y ante la aceptación de una muerte segura, nos dice a través de una voz en off nauseabunda cuanto quiere a su novia. Pero como ya habréis pensado, puesto que ya existe secuela, aún falta un giro final para rematar la jugada. Solo diré que nunca pensé que la adrenalina pudiese hacer milagros.

DEATH PROOF

Aviso: Esta crítica o lo que sea está llena de spoilers; lo digo para quién no haya visto la película, porque leyendo esta crítica hasta el final podrá ahorrarse ese martirio de más de dos horas.

Quiero dejar claro que no tengo ningún tipo de prejuicio hacia Quentin Tarantino. De hecho, al principio me contaba entre sus fans. Claro, que eso era cuando hacía películas decentes. Hagamos un breve repaso a su filmografía.

Reservoir dogs” fué su magnífico debut, aunque más de uno no sabe que consiste en un remake de la desconocida en occidente City on Fire, película dirigida por el hongkonés Ringo Lam en 1987. Sí, Scorsese no fue el primero en plag… versionar una película de la excolonia británica (hablo de “Infiltrados“, pero de esto seguramente trataré en otra ocasión) Siguiendo con Tarantino, “Pulp Fictión” fue una divertida compilación de todo el cine que el director había ingerido en su etapa de espectador. Con “The man from Hollywood“, su sketch para la película de episodios “Four Rooms“, pone un poco en evidencia su placer por transitar lugares previos, pues se trata de un remake de uno de los episodios de la serie “Alfred Hitchcock presenta“. Con “Jackie Brown” se puso algo más serio y con un estilo más sobrio siguió contándonos sus historias pulp de gángsters acabados. Tras unos cuantos años de espera llegó la magistral “Kill Bill” (me refiero a la primera, ¿eh?), que mezclaba con gracia y estilazo todo su background asiático. Con “Kill Bill 2” empezó a dar síntomas de agotamiento, que culminaron en desfallecimiento con su aportación al díptico camp titulado “Grindhouse“.

Sin más excusas, empiezo a hablaros sobre una de las pocas películas que me han provocado verdaderos deseos de salime de una sala de cine: “Death Proof”.

Death Proof” es posiblemente la película que Kubrick hubiese obligado ver al protagonista de su “Naranja Mecánica” para que volviese a recuperar sus instintos asesinos. Se supone que el experimento “Grindhouse” consistía en hacer películas casposas, cutres y divertidas. Parece que Tarantino se olvidó de la última condición, pues la película es tan aburrida que consigue algo difícil de lograr: que recordemos positivamente una película del inefable Robert Rodríguez, la infinitamente superior “Planet Terror“. Con ella, Rodríguez sí demuestra haber entendido el concepto de película de serie B sin pretensiones (es cierto que cualquier intento en otra dirección quedaría muy lejos de sus capacidades). Pero Tarantino no podía rebajar su talento para simplemente divertir, él tenía que parir una película de autor; y lo consiguió hasta el punto de que hay momentos que parecen estar dirigidos por Oliveira después de tragarse un ciclo completo de películas de Burt Reynolds.

Tarantino, como buen cineasta postmoderno, necesita nutrirse de su cine favorito para construir sus películas a base de referencias, aportando su estilo particular para convertir todo ese maremágnum de citas en algo personal. Pero cuando ese estilo prescinde de otros elementos cinematográficos básicos (argumento, personajes, progresión; en definitiva: guión) ese algo personal termina siendo tan amorfo como esta película.

La primera referencia que te viene a la cabeza al ver “Death Proof” es Russ Meyer. En efecto, parece que la intención de Tarantino es adaptar el cine de Russ Meyer a los gafapastas. Para ello recurre a unas dosis de parodia, otras de presunción, muchas de arbitrariedad narrativa, y todas de aburrimiento.  Si a una películas de Russ Meyer le quitases las ubres XXL, los golpes de parodia política, el ingenio, el dinamismo, los diálogos chispeantes, y la diversión, ¿que te queda?: chicas con pechos standard y cerebros pequeños que se desplazan en coches destartalados por desiertos polvorientos huyendo de un malo más parecido a Pierre Nodoyuna (que me perdone Hanna & Barbera por tan ingrata comparación) que a los sexualmente desquiciados psicópatas interpretados por Charles Napier en las películas del genio californiano. Si Russ Meyer se levantase de la tumba, enviaría a alguna de sus dominatrix a que le partiese la cara a Tarantino a tetazos.

Otra de las prácticas de Quentin con cada nueva película es recuperar a un actor olvidado y/o caído en desgracia por uno u otro motivo (drogas, alcohol, incapacidad interpretativa…). En “Reservoir Dogs” fue el turno de Lawrence Tierney, en “Pulp Fictión” relanzó meteóricamente la carrera de John Travolta, en “Jackie Brown” lo hizo por partida doble con la heroína blakplotation Pam Grier y con Robert Foster, en “Kill Bill” con David Carradine y en la que nos ocupa con Kurt Russel. En principio, no tengo nada que objetar ante esta reivindicación actoral… excepto en los dos últimos casos. Por un lado, tenemos la dudosa elección de David Carradine, que parece estar apoyada únicamente en su protagonismo en la serie “Kung-Fu“, donde precisamente dio muestras de tener menos elasticidad que un muñeco Master del Universo. Debió pensar: si Bruce Lee, al que le he quitado el papel, puede inventar el Jeet Kune Do, ¿por qué no crear mi propio estilo de  kung-fú, el “Puño del Tigre Reumático”? Con razón a Black Mamba no le dura ni media hostia en el combate final de “Kill Bill 2″. En cambio, la elección de Kurt Russel me pareció en un principio muy acertada, pues es uno de mis actores favoritos (como no podía ser de otra forma vieniendo de un adorador de John Carpenter) y siempre apetece verlo en algún tipo de personaje macarra como el que creía que iba a interpretar en esta película. Lo que no podía preveer era que no solo no se iba a aprovechar la capacidad de Kurt Russel de bordar papeles de machito pendenciero, sino que, además, se le iba a ridiculizar sin compasión a través de uno de los personajes más risibles nunca vistos a este y el otro lado del Mississipi. Porque que alguién me explique en qué consiste ese personaje.

Para intentar entender las motivaciones del personaje protagonista (porque ya con los otros ni siquiera me esfuerzo) empezaré a rememorar la película desde el comienzo. Podemos apreciar dos partes claramente diferenciadas. Todo parece empezar de forma más o menos interesante. Un grupo de jóvenes aproximádamente neumáticas y completamente estúpidas se van de juerga por bares de carretera de la américa profunda. Mientras beben unas cervezas y bailan unas baladas country de juke box, se nos presenta a “El doble”, nuestro protagonista: Kurt Russel. Todo ese principio no está mal, con baile tórrido de la hija de Sidney Poitier incluido (Simulación de como debió ser el casting: “Hola, ¿por qué crees que puedes interpretar este papel?” “Porque soy la hija de Sidney Poitier” “Contratada”). Afortunadamente, cuando el grupo de tías están agotando tú paciencia con sus chorradas, “El doble” se encargará de borrarlas del mapa mediante una colisión frontal que supone, de lejos, la mejor secuencia de la película. Aún así, en esta primera parte ya hay un detalle que chirria y muestra lo arbitrario que puede llegar a ser Tarantino a la hora de introducir sus homenajes: “El doble” no sabe comer sin que la grasa le resbale por la barbilla. Tarantino pone mucho interés en que el personaje coma de la manera más repugnante posible, y no porque eso contribuya a retratar al personaje, sino porque seguramente lo vió en alguna de sus cutre-películas idolatradas. Aparte de esto, hasta este punto todo parece ir bien. Y el discurso de Tarantino, aunque simple, es claro: “El doble” es un justiciero que, no sabemos porqué, dedica su vida a acabar con todas las tías estúpidas con las que se cruza, y la forma en que lo hace para no caer en las manos de la justicia es valerse de su experiencia como doble de escenas de riesgo para salir indemne de un accidente de tráfico en el que sus víctimas no tengan tanta suerte. Hasta aquí la primera parte.

Entonces hay una especie de intermedio-bisagra en el que dos policías hablan, durante demasiado tiempo, sobre lo sospechoso del caso de “El doble”, para llegar finalmente a la conclusión de que prefieren irse a ver el partido de baseball a meterse en problemas haciendo su trabajo. Francamente, he visto críticas más lúcidas sobre la falta de profesionalidad policial en la serie de películas de “Loca academia de policía”.

La segunda parte se desarrolla varios meses después. “El doble” ya se ha recuperado de las heridas provocadas por el accidente anterior y vuelve a la carga, esta vez acosando a otro grupo de chicas. Estas, encabezadas por la actriz Rosario Dawson, tienen también graves problemas de falta de neuronas y se llevan todo el rato hablando de coches y nefastas series americanas que hablan de coches. Resulta que son un grupo de especialistas de cine, y su idea más cercana a un orgasmo es rozar la linea de la muerte conduciendo un coche a toda mecha por las interminables carreteras de los desiertos sureños. Los personajes de las chicas están tan mal escritos e interpretados que sientes irreprimibles deseos de que venga “El doble” de una vez por todas y las masacre de la forma más cruenta posible. Pero va pasando el tiempo y la trama no avanza, los diálogos vacíos no acaban y “El doble” no se decide a actuar. En este punto, hay una escena especialmente irritante, que marca el momento exacto en el que sentí deseos de salirme de la sala. Se trata de un plano-secuencia en una cafetería, en el que las especialistas nos aburren con uno de los diálogos más inanes de la historia del cine (incluido el mudo), mientras la cámara gira alrededor del grupo en un plano técnicamente virtuoso pero narrativamente inútil, con el cual no sé que quería decirnos Tarantino. Durante el plano-secuencia, vemos en cierto momento a “El doble” al fondo, sentado a la barra; en la siguiente vuelta de la cámara “El doble” ya se ha ido. Muy bien, ¿y qué?. ¿Quizás “El doble”, mortalmente aburrido por la conversación, ha decidido irse a dormir la siesta? Y así es todo. Se van sucediendo secuencias en distintas localizaciones, con las chicas practicando sus interminables diatribas presuntamente cool, que ni aportan nada al retrato de personajes, ni mucho menos a una progresión narrativa que no existe en un solo fotograma de la película. Cuando ésta ya ha durado demasiado, llega una secuencia dignamente rodada, en la que “El doble” y las chicas se persiguen en sendos coches, en lo que es el clímax de la película y la venganza de las chicas lerdas contra “El doble”. Pero como a estas alturas Tarantino no ha conseguido crear una trama o unos personajes medianamente interesantes, y todo es tan arbitrario e incomprensible que no entiendes el sentido de la existencia de la película, ya resulta imposible disfrutar de nada de lo que aparece en pantalla. “El doble” se ha convertido en un psicópata llorica y blando, incapaz de poner en el más mínimo apuro a las heroínas de la función. El giro presuntamente paradójico que se pretende dar a la situación, pasando de cazador machista a cazado por unas feministas, provoca una situación tan simplista y equivalente que deja de ser un giro. Todo queda en que “El doble” ha encontrado la horma de su zapato, unas chicas más duras que él que se encargan de aplicarle su propia medicina. Además, todo se ha vuelto tan desquiciado y chocante que las chicas que en un principio sólo eran unas creidas sin gracia, ahora se convierten en unas asesinas. En efecto, en su apoteosis ombliguista, Tarantino se reserva el mejor gag para el final de su fiesta privada: dos de las chicas aplastan con sus botas la cabeza de “El doble”, quedando tan claro que es una máscara que por fín entendemos que el personaje era un ente literalmente vacío, sin ninguna personalidad ni motivación. Me imagino a Tarantino transmitiendo a Kurt Russel las claves para interpretar a “El doble”: “Tu motivación principal a la hora de enfocar este personaje es que se trata de un muñeco de goma”. Posiblemente la profunda intención de Tarantino, con cuya genialidad sonríe en sus noches de desvelo, fuese presentar la máscara como una metáfora de lo vacío de un personaje que se ha dedicado toda su vida a doblar a otras personas. Sin embargo, yo sólo veo un monigote construído a base de tics prestados de toda una serie de distintos personajes previos, que poseen el cuerpo de “El doble” como espíritus incapaces de conferirle una entidad propia determinada.

No soy de los que necesitan que una película se sostenga sobre una tesis profunda para disfrutarla. Hay cientos de películas magníficas que se basan en el simple espectáculo; pero para ello, lo mínimo que se exige es que sean divertidas. Hasta “Kill Bill 1″, las películas de Tarantino habían sido eso: meros espectáculos divertidos construidos mediante un estilo propio y original, basado principalmente en epatar al espectador con giros efectistas que solían funcionar. Vemos con Death Proof que, cuando Tarantino intenta cambiar de rumbo, todo se le queda en una radicalización estilística que deja al descubierto lo poco que el director tiene que decir. Ante semejante fracaso, pienso que Tarantino debería limitarse a lo que le sale bien: hacer películas “guays”.

Construída a base de tiempos muertos (y enterrados), diálogos vergonzosos, personajes unidimensionales, interpretaciones de teatro de instituto, homenajes-parodia y chistes demasiado privados, “Death Proof” se reduce a un simple espectáculo de bulimia cinéfila. Es como si Tarantino tuviera que expulsar toda la sobredosis de cine que se ha tragado, y lo hiciera en forma de vómito, que si en películas anteriores estaba lleno de interesantes tropezones, ahora se limita a una pota líquida y sin gracia. Y perdón por tan poco elegante símil.