ESPAÑA. COREA DEL SUR. TRANSICIÓN Y CINE.

 

 
España.

1973: Francisco Franco nombra a Luis Carrero blanco como Presidente del Gobierno por primera vez en la historia de la dictadura.

1977/78: Primeras elecciones democráticas/ Establecimiento de la nueva constitución.

1982: Asentamiento del régimen democrático al obtener el PSOE mayoría absoluta.

Corea del Sur.

1980: Levantamientos populares en Kwangju contra la dictadura de Park Chung-hee y Choi Kyu Hah.

1988: Muestras de apertura del país con la celebración de los Juegos Olímpicos de Seúl.

1992: Corea del Sur elige a su primer presidente civil, Kim Young Sam, en elecciones democráticas.

España y Corea del Sur, dos países en apariencia muy distintos ya por su situación geográfica como por sus raíces culturales, presentan no obstante procesos históricos comunes que influyeron en la cultura de ambos países. Debido a esa influencia, una de esas manifestaciones culturales, el cine, evolucionó de forma parecida; encontramos importantes puntos en común entre ambas cinematografías.

En la España de los 70 y en la Corea de los 90, el proceso de normalización democrática y el final de la censura produjeron una considerable liberación creadora que, en el caso del cine, se tradujo en una multitud de propuestas de corte muy diferente, configurando tal vez el momento de mayor amplitud temática y formal en la historia del cine de cada uno de los países.

Sin olvidar las lógicas diferencias que existen entre ambas cinematografías,  considero que los paralelismos son lo suficientemente marcados como para establecer este estudio comparativo. Veamos pues en que se asemejan y se diferencian las cinematografías de estas dos penínsulas durante momentos históricos parecidos.

En ambos países el cine dio fe de una forma u otra de los lentos cambios sociopolíticos que estaban aconteciendo. Al igual que en España con Franco, en Corea del Sur la dictadura militar del general Park Chung-hee impuso durante décadas un férreo control sobre todas las manifestaciones culturales. La insurrección popular de Kwangju en 1980, aplastada de forma sangrienta, se convirtió paradójicamente en la semilla del actual florecimiento cultural que atraviesa el país. Surgió en este momento la “Nueva ola del cine coreano”, con películas que aunaban experimentación en el terreno formal con una temática social y política. En España fue a partir de 1973, con la leve apertura de la dictadura, cuando una serie de directores empezaron a hacer un cine diferente respecto a lo anteriormente establecido, más comprometido con la situación política y social contemporánea.

A un intento por tratar temas política y sexualmente vetados responde la recurrencia cada vez mayor al uso de metáforas. En España este cine metafórico fue cultivado por cineastas como José Luis Borau, Carlos Saura o Víctor Erice; directores como Kim Ki-duk o Jang Sun-woo son sus principales representantes coreanos. El primero es autor de una película, “La isla” (2000), que cuenta con sorprendentes puntos en común con “Furtivos” (1975), uno de los films más apreciados de José Luis Borau y más representativos del periodo de la transición española.


 

 

Para empezar, ambas están localizadas en un microcosmos, un espacio reducido que se ve asaltado por personajes que proceden del exterior. Ese espacio corresponde, en Furtivos, a un caserón en medio de un bosque y, en “La isla” a un rio-lago con pequeñas casas flotantes. Los personajes se encuentran atrapados en un universo claustrofóbico que simboliza el aislamiento del país respecto al resto del mundo.            

Igualmente, ambos son lugares en los que se suceden aberraciones, actos violentos y atrocidades. En “La isla” se desarrolla una masoquista historia de amor en la que las relaciones sexuales adquieren tintes enfermizos. En “Furtivos” se plantea un drama rural en el que una madre posesiva condena la relación de su hijo con un muchacha venida de la ciudad. Ambos espacios son asimismo lugares de huida: el hombre, en el caso coreano, y la joven, en el español, corresponden a personajes buscados por la justicia que son ocultados por sus respectivos amantes en ese lugar aislado.

La crudeza de ambas películas está a la par; sus personajes desahogan sus frustraciones arremetiendo salvajemente contra los animales que los rodean: lobos y ciervos en “Furtivos” y peces en “La isla”. En ambas películas hay dos actos de violencia aceptados socialmente que sirven como símbolos de la brutalidad del ser humano. En “Furtivos” es la caza, a través de la cual se nos muestran cruentas escenas de impactos de bala en ciervos, despellejamientos, despedazamientos, etc, todo ello grabado de una forma descarnadamente cercana y desapasionada. En “La isla” es la pesca la actividad elegida para descargar las frustraciones: los personajes  mutilan peces para después devolverlos al agua aun vivos, los electrocutan, los asfixian y descuartizan en actos de desahogo personal idénticos a los que realiza la madre en “Furtivos” al apalear al lobo hasta la muerte.

Los actos de violencia se vuelven asimismo contra el ser humano. En “La isla” se recurre a asesinatos, violentas autotorturas, practicadas con útiles de pesca, que nos llevan a un grado de abstracción lindante con el surrealismo. Estos actos de violencia se presentan de forma muy explícita. En “Furtivos”, en cambio, los actos de violencia contra el hombre se apuntan de manera más sutil, recurriéndose a la utilización de determinados planos para sugerir el asesinato, que se dará a entender de forma elíptica.

El sexo también está tratado en ambos casos de forma antinatural. En la película coreana íntimamente ligado al dolor y tortura física, mientras que en la española pasado por el incesto entre madre e hijo.

Resulta sorprendente encontrar dos películas separadas por tan largo espacio de tiempo y tan amplio espectro cultural en las que las sensaciones que se provocan y los objetivos que se persiguen parezcan tan cercanos. Por supuesto, las diferencias de permisividad entre ambas películas son obvias pero no empañan su asombroso parecido.

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