LAS 20 MEJORES PELÍCULAS DE LA DÉCADA Y POR QUÉ (1)

PERSPECTIVA GENERAL DE UNA DÉCADA

Bueno, ya estamos bien entrados en la nueva década. O no, según algunas teorías. Me da igual, en esta entrada me dispongo a hablar sobre cuales han sido para mí las mejores películas del período de tiempo que va del año 2000, incluído, al 2010, también incluído.

Después de la aclaración, quizá convendría hacer un boceto general sobre las corrientes y las modas y movimientos característicos de esta década. Observando el panorama desde una perspectiva espacial, Asia se configura como la única latitud dónde se ha seguido desarrollando e innovando el lenguaje cinematográfico, que engloba formas de contar y provocar sensaciones y sentimientos que en occidente se han encontrado con una barrera caracterizada por la repetición y la escasez de contenidos nuevos y originales.

La última década ofrece un bagaje particularmente pobre en EEUU. Los únicos retazos de cine de calidad se manifiestan en notorias excepciones, algunas películas magníficas casi siempre de directores ya consagrados. “Mulholland Drive”, la película ascendida a los cielos por crítica y aficionados, es ciertamente una obra lindante con la perfección, que nunca será suficientemente alabada y que se encuentra entre las mejores películas de David Lynch. Otra ejemplar muestra del antiguo poderío narrativo americano es “Zodiac”, la cima de David Fincher, director en estado de gracia a la hora de dirigir esta película, por cuanto no ha demostrado esa visión en ningún otro de sus films. Terrence Mallick (un Víctor Erice con la suerte de haber nacido en un mercado como el de  EEUU), sintomático ejemplo de la dificultad para hacer cine de los directores más personales y más apartados de cualquier corriente, ha vuelto a encandilar con su única película de la década: “El nuevo mundo”. El último cineasta clásico vivo, citando la abstracta definición que los amantes de las etiquetas han otorgado a Clint Eastwood, ha seguido manteniendo su standard de calidad, continuando el método que ya le diera buenos resultados en los años 80: alternar encargos con obras propias, a pesar de haber sido sobrevalorado a veces, en ambos casos, tanto por crítica como por público.

Pero si hay que elegir un cineasta que haya destacado por encima de todos, ese es, sin duda, Gus Van Sant. Su grupo de películas compuesto por “Gerry”, “Elephant”, “Last days” y “Paranoid Park”, pueden considerarse una tetralogía espiritual en la que el cineasta ha experimentado con la narración, con los tempos, la descripción de personajes, el sonido y la música, el montaje… En definitiva, ha conjugado los elementos cinematográficos para crear un discurso tan propio e identificable como diferente a lo que lo rodea. Basado en tiempos muertos, planos largos, silencios, contrapuntos tanto narrativos como visuales, sustitución de la causa por el efecto,  de la explicación por la intuición y de la opinión por la enunciación, ha aplicado formas asiáticas a temáticas genuinamente americanas.

Sin embargo, las grandes películas americanas de la década sobresalen de una masa gelatinosa como cumbres aisladas dignas de ser escaladas. Son películas que destacan demasiado en su soledad sobre un conjunto difuminado y confuso, compuesto por productos lanzados en masa para ser deglutidos por las hordas de espectadores con prisa, como ayuda para tragar sus palomitas tamaño gigante.

Por lo tanto, dejando en grupo aparte ese puñado de films comprometidos con el hecho de hacer cine y no juguetes, nos encontramos con que la estrategia principal del cine comercial americano ha sido la de realizar siempre la misma película simplemente cambiando el referente. Aprovechando la base de otras películas, series de la infancia, cómics, juguetes o personajes literarios, Hollywood ha solucionado la falta de ideas o de esfuerzo llenando una y otra vez el mismo molde para ofrecer la misma forma hueca, limitándose a cambiar los nombres dependiendo del envoltorio. Lo mismo les da Sherlock Holmes que Van Helsing, el Equipo A o Los Angeles de Charlie, los G.I. Joe o Transformers, eso sólo son nombres famosos, reclamos para distinguir los distintos productos fabricados por la misma cadena de montaje. Si pusiésemos a Sherlock Holmes a liderar el equipo A solo desentonaría por el vestuario. Los personajes son exactamente iguales, todos hacen los mismos chistes, disparan de la misma forma, las escenas de acción son tan intercambiables como los estilos de los responsables de las películas, que no son más que circos con más pistas que números con que llenarlas. Es una forma de hacer cine tan impersonal que incluso destruye rasgos estilísticos y contradice expectativas. Vemos esto en el caso de Guy Ritchie con la ¿adaptación? del detective victoriano, en la que no queda ni rastro de su característico (y exhibicionista y vacuo) estilo, o con los ejemplos de Florian Henckel von Donnersmack (como pasar de “La vida de los otros” a “The tourist” en un solo paso), Alex Proyas, etc.

Rebuscando más y más en el pozo del pasado, la industria de Hollywood ya no se limita a sacar el mineral de las capas más profundas, sino que, apremiados por la urgencia de un franético ritmo mercantil impuesto por ellos mismos, recurren a las vetas más superficiales y recientes, adscribiéndose vergozosamente al dicho de que si algo funciona, ¿para qué cambiarlo? Así, la última moda consiste en exprimir franquicias o reescribir sagas que no han hecho más que terminar. Los X-men ya tienen nueva entrega con distinto equipo, al igual que Spiderman.

Esto nos lleva a uno de los directores consagrados (endiosados) en esta década, Christopher Nolan, que se dedicó a pergeñar blockbusters para “listos”, en los que la reducción de las escenas de acción exageradas, la eliminación del sentido del humor paródico y la introducción de tramas supuestamente complejas que realmente gravitan sobre el vacío, le ha servido para diferenciarse del magma comercialoide y así convencer a unos espectadores tan poco acostumbrados a pensar que confunden lo simple con lo complejo y lo complejo con lo profundo. Nolan sólo ha tenido que escribir unos guiones pedantes, mantener a sus actores todo el tiempo con el ceño fruncido y adquirir una estética deudora de todo y de nada para encandilar a un público tan conformista como poco inquieto, que se contenta con abrazar al camión que les atropella por el carril más ancho de la autopista más directa. Nolan ha creado la versión sesuda de la corriente “la más grande película de…” . Así, con el beneplácito de gran parte de la crítica y el público, Nolan ha construído sus huecos monumentos al género de superhéroes y de ciencia ficción. Porque eso es lo que Hollywood se ha limitado a ofrecer a sus consumidores en cada nuevo producto, lo más grande, lo más ruidoso, lo más caro, siempre lo más. Lo más dentro de su propio rasero de medidas, cuidando de no plantearse unos límites que les resulten difíciles de superar. Un más difícil todavía evaluado por los mismos que lo afrontan. Al fin y al cabo, es una superación medida en dólares, no en talento u originalidad. El número de explosiones, efectos digitales y escenas de acción mal rodadas es inversamente proporcional a la pericia narrativa, a la originalidad estilística, al desarrollo de personajes y, al fin y al cabo, a la emoción.

En esta crisis de la narrativa USA sin precedentes, la industria se ha volcado en innovar desde el punto de vista de la forma, apostando por desempolvar el 3D. Avatar se erige como la más rutilante demostración de los avances en este campo. Como ya sucediese en la década de los 50 con el mismo sistema y en los 60 con el cinemascope, intentos ambos de combatir el éxito que tenía la televisión sobre el público cinematográfico, ahora se recicla una técnica que encaja a la perfección en el más difícil todavía tan grato a los gustos americanos. Pero con esto seguimos en lo mismo, el cambio se limita a una sensación física, que ni siquiera visual (la tridimensionalidad existe desde los orígenes de la pintura), descuidando el objetivo principal, que es nada más y nada menos que realizar una buena película. Y eso no tiene nada que ver con el 3D. El 3D puede funcionar muy bien, pero si los personajes son tan planos como los de cualquier producción de Michael Bay, y la historia tan manida y sobada que da vergüenza siquiera hablar de otra cosa que no sea el 3D, el uso de este sistema no esta aportando más que una atracción para llevar al público a los cines. El 3D, como el sonido, las interpretaciones, la dirección artística o el maquillaje, no es más que otro elemento de los que componen una película. Para darme a entender, las películas de Peter Greenaway tienen una buena fotografía, pero no por eso son menos pedantes y más fáciles de soportar. Por lo tanto, me parece desmesurado cargar todo el peso de una película sobre un único elemento de la misma. Claro que como estrategia para atraer al público al cine ha resultado de lo más efectivo.

Otro fenómeno que no podemos pasar por alto es el descomunal éxito que han experimentado las series. Quizá porque EEUU no ofrecía calidad suficiente en el cine que ha venido realizando ultimamente, el público mundial, en vez de mirar hacia otras cinematografías (lo cual es comprensible ya que son cinematografías inexistentes por cuanto que no llegan más que en goteo cada vez más esporádico), ha preferido dar la bienvenida a otro producto proviniente del mismo país y que perpetúa la misma forma de contar historias, solo que, según muchos, de mejor manera. Así, se ha empezado a comparar el formato serie con el cine, siempre en detrimento de este último. El comentario de moda sobre este tema es el siguiente: “los mejores guionistas están en la televisión”. No puedo estar más en desacuerdo con esta afirmación, pues para nada veo consecuente esa comparación. Veo más diferencias que similitudes entre un guión de cine y el de una serie. En estos últimos no es necesaria la capacidad de síntesis, de elipsis, de retrato rápido de los personajes, ya que los guionistas se pueden tomar su tiempo a lo largo de las temporadas por las que se extiende la narración seriada. Un guión de una serie y el de una película no pueden ser comparados, igual como tampoco puede compararse bajo los mismos criterios la calidad formal de ambos ámbitos, debido a diferencias económicas, de procedimientos y de tiempos de rodaje. Ni mucho menos las series han eclipsado a las formas cinematográficas, y ni las mejores de ellas llegan a los niveles de sutileza y elegancia (narrativa o formal) de las mejores películas. Por supuesto las mejores series serán preferibles a “Transformers” y sucedáneos, pero creo que esta no es una comparación lícita, sino más bien superficial y demasiado abstracta y difusa como para ser tenida en cuenta. El caso es que las series son series y las películas películas, y sobre la mesa están ambos formatos para ser elegidos a placer y disfrutadas por separado. Las series siempre han tenido éxito, la novedad es el notorio incremento de calidad y cantidad que han experimentado, así como la proliferación de formatos y temáticas, que en anteriores décadas eran más limitados. Ese aumento de calidad, unido a la mayor facilidad de acceso que da internet, y a la comodidad que ofrece a los espectadores un lenguaje más rápido y breve, más cómodo y asumible cuando uno llega a casa después de una jornada de trabajo, quizá sean los motivos para la explosión de este formato.

¿Y Europa? ¿Qué ha pasado en Europa? No puedo extenderme mucho a este respecto, ya que mi conocimiento del cine europeo en esta década ha sido tan escaso como el interés que me ha suscitado. Mi impresión, no obstante, es que la producción cinematográfica en nuestro continente ha estado más bien desdibujada. Cómo ha ocurrido en EEUU, sólo podríamos destacar una serie de películas de mayor interés, ya de cineastas nuevos o consagrados (Haneke, Polanski, Eric Rohmer, Jaques Audiard…) Pero, por lo general, las industrias cinematográficas de los países europeos han estado perdidas en un maremágnum de subvenciones, coproducciones, decrepitud y falta de una visión más amplia o modernizada.

Esta década ha supuesto también el definitivo surgimiento de internet como mercado alternativo para escapar del monopolio mainstream. Pero, justo en uno de los momentos en que internet ofrecía más posibilidades para investigar y satisfacer inquietudes, las grandes producciones se apresuraron a copar esos canales para difundir los productos que ya llegan (y siempre lo han hecho) de las formas más tradicionales. Internet no es solo un medio de difusión aprovechable por quienes no tienen oportunidad de dar a conocer su trabajo de otra manera, sino que se ha convertido en el mayor medio publicitario para todo tipo de producto e industria. Como antes se decía: lo que no sale en televisión no existe; ahora simplemente hay que sustituir “televisión” por “internet”. El hecho de que “Avatar” haya sido la película más taquillera al tiempo que la más descargada no hace más que demostrar que la publicidad a escala industrial influye tanto a la hora de ir al cine como de elegir las descargas. Desde mi punto de vista, vería más razonable e interesante que los primeros puestos en descarga los ocupasen películas que hubiesen tenido menos salida comercial. ¿Quizá el maremágnum de posibilidades ha empujado al consumidor a rendirse de nuevo a la ola más fácil de tomar? ¿O puede que la rapidez a la hora de satisfacer necesidades haya desembocado en una seguridad o comodidad dentro de lo conocido? La respuesta más plausible es que siguen siendo los mismos, los que tienen mayor capacidad económica, quienes se dedican a catalizar y dirigir inquietudes. Entonces, ¿la curiosidad intelectual o lúdica se basa principalmente en los patrones marcados?

Es cierto que, gracias a internet, los ojos de muchos cinéfilos han conseguido abarcar mayor territorio y enfocarse en otras filmografías. A los que sólo hemos visto en el cine americano una repetición de los mismos errores nos ha valido con girar la cabeza hacia el este para sonreir de oreja a oreja. Con investigar mínimamente en la producción cinematográfica de países como Japón, Corea o China, uno se da cuenta de que allí se cuecen manjares de los que a occidente apenas llegan las migajas. Por supuesto, muchas de estas películas se diferencian en su forma y estilo de las producciones que suelen llegar a nuestros cines, el error es establecer la comparación partiendo de “lo nuestro” (aunque es más bien “lo americano”). Lamentablemente, la diferenciación está demasiado arraigada debido a las formas y modos mercantiles que venimos sufriendo desde hace décadas, en que el producto americano es el modelo que manda en el mercado, el rasero con el que medir y comparar todo lo demás, considerándose los escasos ejemplos que nos llegan de otras filmografías como curiosos productos exóticos a los que se mira con condescendencia, dedicándoles frases del tipo: “Para ser coreana no está mal” “… si hasta parece americana” “Como es japonesa, es un poco lenta, pero me gustó”. Visto así, yo podría decir: “Como es americana, es un poco rápida, pero es distraída”.

En los últimos años, gracias a un colectivo orientalófilo compuesto por los desprestigiados frikis (ayudados a veces por la crítica más sesuda, con su mitificación de los sectores autorales del cine tailandés, chino o filipino), hemos podido acceder a gran parte de estas cinematografías ignotas.  Internet ha demostrado ser el mejor medio de homogeneizar el conocimiento de esas cinematografías, estableciendo una concepción del cine más cercana al conjunto de películas independientes entre sí que a grupos englobados en filmografías, estilos o movimientos. Por desgracia, habrá que esperar a que se normalicen todos los problemas derivados de los derechos de autor para asistir a la evolución de esta tendencia.

Sin más, me dispongo a desentrañar los secretos de mi lista, en la que hay tantos títulos asiáticos que me servirán para extenderme un poco más sobre la situación cinematográfica en esos paises.

Exceptuando la primera posición, la lista no tiene orden de ningún tipo, más allá del orden en que inconscientemente me hayan ido llegando los títulos a la cabeza.

Próxima entrega: EUREKA (Shinji Aoyama)

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