LAS 20 MEJORES PELÍCULAS DE LA DÉCADA Y POR QUÉ (2)

EUREKA

http://www.imdb.com/title/tt0243889/

Esta es mi entrada número 100 y nada mejor para celebrarlo que escribir sobre mi película favorita de la década del 2000, Eureka, que, por lo tanto, también se ha convertido en una de mis favoritas de todos los tiempos.

Eureka es la séptima película del japonés Shinji Aoyama, con la que marcó de forma inmediata la cima de su filmografía, condenándose a no alcanzar nunca más tales niveles, pero con la alegría de haber dejado una obra que pocos cineastas pueden lograr.

Hay dos corrientes principales dentro del arte cinematográfico a la hora de conjugar los seculares elementos que componen esta popular manera de contar historias. Por un lado, hay quien recurre a una forma tradicional de combinar los elementos visuales y auditivos que conforman una películas, demostrando un magnífico conocimiento de la narrativa y la sintaxis cinematográfica. Por otro, están aquellos cineastas que pretenden aportar nuevos usos de dichos elementos, configurando un discurso que, a la vez que muestra su conocimiento de los mecanismos más utilizados, avanza en la búsqueda de nuevas formas de contar historias, favoreciendo la evolución del lenguaje cinematográfico. Ambas formas pueden  dar magníficos resultados. Eureka pertenece a este segundo grupo.

Ya desde el sugerente principio, la película marca el tono onírico-reflexivo que la caracteriza. Una niña mira al horizonte y vaticina la llegada de un tsunami que los arrastrará a todos.

http://www.youtube.com/watch?v=o0mqe_4SW2E

Para el despistado que piense que estamos ante una película de catástrofes llena de efectos especiales, ya aviso que nada más lejos de la realidad: el tsunami al que se hace referencia es un tsunami emocional y existencial.

Durante sus 217 minutos de duración, (de los que no le sobra ni uno solo) la película cuenta las secuelas que el secuestro de un autobús por parte de un hombre desequilibrado provoca en las vidas de los tres únicos supervivientes: el conductor y dos hermanos (chico y chica) que iban a la escuela en el momento del secuestro. La acción se desarrolla en una tranquila zona rural de Kyushu, la isla más meridional (sin contar la lejana Okinawa) del archipiélago nipón. De las casi cuatro horas que dura la película, el secuestro es ventilado en menos de veinte minutos, dedicándose el resto del metraje a indagar en como esa experiencia perturba la realidad de las víctimas vivas del secuestro. A partir de esa experiencia traumática, los tres protagonistas se plantearán de manera distinta todas las convenciones, certezas y objetivos que construían su vida hasta ese momento, hundiéndose en las arenas movedizas de la incertidumbre ante la ruptura de esa aparente normalidad que componía el esquema de sus vidas bien definidas. Sawai, conductor del autobús, se repite a sí mismo esta pregunta: ¿Soy culpable por sobrevivir? El hombre y los dos niños se sienten solos, aislados, perdidos e incomprendidos por los que les rodean, y ante el desmoronamiento de lo que eran sus vidas hasta ese momento,  intentan buscar una salida en el apoyo mutuo, con el fin de entender su pasado para empezar de nuevo a avanzar hacia un futuro.  Es en este punto donde aparece el autobús como símbolo redentor y vehículo para exorcizar los demonios. Así, el mismo autobús marca un punto de inflexión en la película, al convertirse la misma en una road movie existencial. Antes del viaje se les unirá un joven que huye de una mala experiencia en Tokyo, y que representa el punto de vista del exterior (lo “normal”) en confrontación con la pequeña comunidad de tres que han establecido el conductor y los niños. Todos los personajes son respetados en sus decisiones y preocupaciones, hasta el punto de ofrecer una mirada abierta al propio secuestrador, intentando bucear en los motivos que le han llevado a cometer varios asesinatos.

La película representa una enorme evolución en el uso del lenguaje cinematográfico, de forma que, durante su visionado, tienes la sensación de estar asistiendo a una nueva reformulación de la estética cinematográfica. Nos sumergimos en una atmósfera de ritmo lento e hipnótico, una especie de danza kármica construida a base de bellísimos encuadres, planos secuencia que (como diría Tarkovsky) llenan el celuloide de tiempo, y un portentoso diseño de sonido que juega tanto con el silencio como con los ruidos de la naturaleza y de la vida artificial, aderezado con breves y minimalistas momentos musicales, de los que hablaremos más tarde. Es una película cuyo placer reside en la evocación de emociones, canalizadas, eso sí, por la capacidad intelectual de digerir los ingredientes que las provocan. Todos estos elementos, desgranados más extensamente a continuación, configuran un mundo extraño y sumamente personal, al que reconocemos como la realidad en la que vivimos, pero tamizada y desvirtuada por un aura de extrañeza y una atmósfera lindante con la de un mundo de fantasía y ciencia ficción, un universo nuevo y extraño pero completamente coherente.Y es que este es el mundo tal y como lo viven los personajes de la película, una realidad que nos es mostrada a traves de sus ojos.

Ni que decir tiene que esta experiencia ha de ser afrontada sin prisas ni urgencias, pues son 217 minutos calmados y reflexivos, en los  que Aoyama respeta el dolor mediante una distancia llena de sensibilidad. Sin embargo, nada de esto implica  frialdad, (la película contiene multitud de momentos enormemente emotivos), hermetismo (Aoyama aboga por una gran sencillez en la linealidad de su relato y la presentación de unos sentimientos complejos) o aburrimiento. Incluso dentro del drama existencial que se respira,  la película se permite aislados momentos de humor.

Muy pocas veces se ve una película en que todos los elementos se encuentren engarzados con mayor perfección en su discurrir hacia una dirección determinada. Fotografía, interpretaciones, diseño de sonido, montaje… Todos los ingredientes se conjugan para conseguir una película que da la sensación de tener vida propia, de estar avanzando por sí misma, olvidándote de que detrás de este milagro se encuentra el trabajo de unos magníficos profesionales.

Shinji Aoyama ya había demostrado anteriormente su talento en “Helpless” o “Chinpira”, ambas ambientadas en el mundo de la yakuza. En estos trabajos ya apuntaba hacia el estilo analítico, reposado y reflexivo que aflorará con mayor contundencia más tarde en películas como “Eureka” o “Eli, eli, lema sabachtani”, gran película que, no obstante, queda lejos del nivel de la que nos ocupa. Aoyama hace fluir la película a través de tiempos muertos dentro de la cotidianidad de la vida de los protagonistas. Se basa en tomas largas, ya planos secuencia o plano-contraplano, apoyándose en el sobrehumano trabajo fotográfico del veterano Masaki Tamura (“Tampopo”, “Helpless”, “D/uo”, “Suzaku”), que utiliza tonos sepia para el día y verdosos para la noche, aportando un tratamiento y estilo visual completamente innovador. Nunca antes había sido fotografiado de esta manera el campo o el simple avance de un autobús por una carretera.

El tratamiento de sonido trabaja sobre una combinación de largos silencios y ruidos humanos y naturales, destacando el uso dramático del casi perpetuo canto de las cigarras. Momentos de la película son enfatizados por temas propiamente musicales, compuestos por Isao Yamada y el propio director, sencillas melodías de guitarra o piano que suponen un exquisito aporte o contrapunto (dependiendo del tema) a las imágenes. Lo que más llama la atención a este respecto es la manera completamente personal y novedosa de introducir la música, en momentos que parecen elegidos al azar, lo cual aumenta la sensación de naturalidad y cotidianidad que impregna esos fragmentos de la película. Mención aparte supone la melancólica canción utilizada de forma magistral en uno de los momentos más mágicos de la película.

El montaje (obra del propio Aoyama) combina imágenes y sonidos utilizando todo los tipos de puntuación: cortes, encadenados, fundidos, y ni siquiera descarta el uso de la cámara lenta, empleada, eso sí, con tanta originalidad como el resto de los elementos, y en momentos muy puntuales, lo que sirve para dotarlos de una sobrecogedora intensidad. Destaca como ejemplo la secuencia final, en la que la cámara lenta se suma a un aislado plano de cámara al hombro (el único de la película) para llevarnos al borde de las lágrimas.

Entre el magnífico elenco de actores, destacan dos nombres importantes en el panorama japonés: Koji Yakusho, en el papel del conductor del autobús, es una presencia habitual en el cine de Kiyoshi Kurosawa y un gigantesco actor que ya ha sondeado la industria norteamericana (“Memorias de una Geisha”) ; y Aoi Miyazaki, que en esta su tercera película interpreta ejemplarmente el rol de la niña superviviente. Su hermano en la vida real, Masaru Miyazaki, interpreta a su hermano en la ficción. Yakusho ofrece posiblemente su mejor trabajo en el retrato de un hombre que intenta recomponer su concepción de la vida y del ser humano, mientras que con Aoi Miyazaki, Aoyama da ejemplo de como dirigir a jóvenes; aparte del talento natural de la  actriz.

Es difícil encontrar referentes al ver este film. Dejando a un lado el aspecto visual, quizá haya algo de la profundidad y complejidad que Ozu conseguía en sus películas a base de sencillez.  Siguiendo en el campo de las sensaciones que produce, podemos emparentar este trabajo con el humanismo cotidiano y naturalista de la directore Naomi Kawase, con la mirada serena y poética de Kore-eda hacia la muerte o incluso con el humanismo redencionista de Akira Kurosawa.  Mirando a occidente, quizá podríamos emparentar esta obra con ciertos estilemas de Bresson, Bergman, Dreyer, Gus van Sant o el primer Jim Jarmush.

En definitiva, esta es una de esas raras películas que te sumergen en un mundo que, a pesar de resultar extraño al principio,  cuando, lamentablemente, la película acaba, te sientes tan a gusto ahí dentro que no tienes deseos de salir. Esta sensación la arreglé viendo la película varias veces en los días sucesivos.

A pesar de que a priori parezca difícil encarar un metraje de 217 minutos en tono sepia, recomendaría el esfuerzo de decidir sentarse a verla, pues Eureka es una experiencia radicalmente distinta y original, una épica intimista del sentimiento humano que alcanza unas cotas de emotividad inusitadas, gracias a un uso nuevo de los viejos elementos del lenguaje cinematográfico.

NOTA: 10

Carteles de la película y de la banda sonora.

Próxima entrega: ALL ABOUT LILY CHOU-CHOU (Shunji Iwai)

4 Responses to LAS 20 MEJORES PELÍCULAS DE LA DÉCADA Y POR QUÉ (2)

  1. Hola
    Estoy buscando el nombre de una pelicula creo que japonesa (quizas coreana) que cuenta el viaje de un grupo de personas en un micro hacia un suicidio colectivo, quizas ustedes recuerden el nombre…. y si es asi yme lo pueden enviar por mail…?
    muchas gracias y saludo

    • Muchas gracias por leer mi blog, y perdona por tardar en responder, pero he estado un tiempo desconectado del blog. Asi, a bote pronto, no doy con la pelicula a la que te refieres, pero la tematica suena mas a Japon que a Corea. Pero como tu pregunta me ha parecido interesante, voy a seguir buscando a ver si doy con el titulo. Claro que como desde tu comentario han pasado ya cinco meses, lo mas seguro es que ya hayas resuelto tu duda, por lo que entonces te agradeceria que me dijeses cual es el titulo.

      Muchas gracias a ti. Y sigue leyendo el blog, que vuelvo a ponerme con el.

      ¡Saludos!

    • La Peli se llama Suicide Bus (Ikinai), es de 1998 y el director es Hiroshi Shimizu. Un peliculon que una vez enganché en el calbe y siempre recomiendo pero nunca la pude encontrar ni volver a ver.
      Si sabe de donde la puedo descargar, agradeceré el dato.
      Saludos,

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