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Digamoslo pronto para así centrarnos en la película en sí: la próxima obra autoral de Tarantino, por el momento, será un remake de esta misma película, con fecha provisional de estreno en el 2011. Ahora vamos al grano.

King Hu es un director mítico dentro de la industria hongkonesa por ser el impulsor del aútoctono género del wuxia-pian, es decir, películas de artes marciales con espadachines saltando y/o volando por los aires. Pues con esta película, producida por los todopoderosos y acaparadores Shaw Brothers, Hu sentó las bases genérico-estético-narrativas de todo el aluvión de películas que habrían de venir a continuación, desde las fantasías dramáticas ochenteras a las fieles actualizaciones tipo “Tigre y Dragón”, con la que puede proponerse más de una linea comparativa. Para empezar, la protagonista es una chica que se hace pasar por chico, al igual que el personaje interpretado por Zhang Ziyi en la obra de Ang Lee; en ambas películas hay una irrupción del personaje en una taberna, con la consiguiente coreografía posterior. Como homenaje ejemplificador de las deudas de Lee respecto a Hu y a esta película en particular, la actriz que interpreta a la malvada Jade Fox de “Tigre y Dragón” no es otra que Cheng Pei-pei, protagonista de la película que nos ocupa. También hay semblanzas estéticas marcadas entre ambas películas: una manera elegante y sencilla de filmar los espacios y las evoluciones de los personajes, apoyada en un magistral aprovechamiento del scope y en la utilización de preciosos travellings de acompañamiento, descriptivos o de acercamiento a la acción, que adquieren especial efectividad en la preparación a las escenas de lucha.

Los elementos de esta película no dejarán de repetirse en todas aquellas que a partir de entonces se inscriban en el género: personajes asexuados o travestidos, monjes luchadores, mendigos borrachos duchos en el empleo de las artes marciales, proliferación de armas, poderes sobrehumanos, honor, clanes, agujas envenenadas, etc. No obstante hay una curiosa diferencia entre las coreografías de esta película (y, por extensión, la mayoría de las del mismo director), y las que aparecieron a partir de los años 70. Mientras que en obras posteriores, ya en los 70 (producciones de Chan Cheh o Lau kar-leung) como en los 80 (las obras de Ronny Yu, Tsui Hark, Ching Tsiu-tung o Yuen Woo-ping) el acento recae sobre el dinamismo y la energía de las peleas en sí mismas, consistiendo estas en una gran multitud de golpes y saltos, aquí parece importar más el momento previo al ataque, las miradas con que los adversarios se escrutan y estudian, para propiciar el estallido, la estocada certera, y así otra vez volver a detenerse y estudiarse. Esta manera de afrontar la acción crea un clima de tensión parecido a los momentos previos de los famosos duelos de las películas de Sergio Leone, momentos en los que la atmósfera se hace físicamente presente y casi puede palparse el aire entre los contendientes.

Los amantes de las curiosidades mitómanas agradecerán este dato: el joven monje asesinado en el monasterio está interpretado por el mismísimo Ching Tsiu-tung, futuro director y coreógrafo de películas de artes marciales, que en ese momento contaba con 13 años de edad.

Pese a que la película es magnífica, no dejan de observarse pequeños defectos en las coreografías o en la excesiva simplicidad de muchos de los personajes, defectos que el director se encargaría de ir puliendo en su siguiente película, “Dragon Inn” (1967), para que la próxima, “A touch of Zen” (1969) se convirtiese en principal referente y una de las más claras obras maestras del wuxia.

NOTA: 7,5

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